miércoles, 19 de abril de 2017

Para Chandra

Chandra me dice que no encuentra las palabras
yo le digo que a los poetas nos pasa así a veces
mejor dicho, con frecuencia
más de lo que uno quisiera
uno que cree que las conoce
que ciertamente tiene tratos con ellas
a uno se le escapan, se le esconden, se le pierden
uno que las toca, las paladea, piensa en ellas fervorosamente
y les levanta la falda, como recomendaba Octavio Paz
resulta que uno no las encuentra cuando más las necesita.
¿Adónde se habrán ido las putas palabras?
Dime Chandra
Pero no lo digas con palabras
Sino con algo que sepa hablar mejor
Dilo con los colores, con la línea curva y línea recta
Y con todas las demás
Con el trazo

Dilo mejor así
Porque las palabras traicionan
Enredan y complican todo
Y a veces sencillamente no alcanzan
Hazme caso, por favor, amiga pintora

Luis Lacave.

S/T

Quiere voz
Quiere mi ser
Quiere mi esencia
Quiere mi consciencia, mi paciencia
Quiere la flor de mi ciencia
Quiere mi alma como un rocio del alma
Quiere mi esencia como bálsamo de tierra
Quiere mi consciencia, mi paciencia
Quiere la flor de mi ciencia

Sara Abreu.

El Pulpo Azul


La Zorra caserío de pescadores del litoral central, se encuentra rodeado por el abasto del portugués y el pequeño pero prolifero burdel de las hermanas Hernández llamado cariñosamente “La Zorrita”, donde van los pescadores a luchar contra la cotidianidad como si se tratar de un pez espada.
De las casas se escapa el olor del café mañanero, huyendo entre las uvas de playa, despertando al pueblo con su alboroto.
El sonido de los trastes para cocinar se deja acompañar de la incansable melodía de las olas del mar.
Candelaria, la madre de Norberto, la bisabuela de Isaías ya atiende el fogón que como un dragón bosteza enseñando el fuego de sus extrañas.
En el malecón apenas despunta el alba se desperezan “Yolanda mía”, “El Barracuda”, “Pachaco” y el “Pulpo Azul”. El mar de leva se retira y pareciera que los besa de popa a proa.
Norberto despliega las sábanas de su piel oscura como si se tratara de las velas de ese gran velero de sus sueños.
Piensa que hoy es un día para ir a buscar langostas en el pedrero de playa Tunja.
Se levanta enérgicamente y sale de la casa enrumbándose hacia la orilla del mar.
Respira la brisa matinal como si se tratara de la primera vez. Sabe que el mundo debe ser muy grande porque conoce la inmensidad del mar. Termina su gran taza de café y se dirige a buscar a su compañero de trabajo Isaías.
Isaías, nació una noche donde el cielo era casi pintado a mano, con una inmensa luna amarrilla que miraba su cara en el negro océano mientras el viento se empeñaba en despeinarla. Su bisabuela lo ayudo a venir a este mundo y casi recuerda cuando le quitaron la mantilla con la que nació en la blanquísima espuma de las olas.
A su corta edad es un marino versado, sabe atarrayar la carnada para el pequeño vivero de bambú que acompaña al Pulpo Azul.
Norberto está orgulloso de él. Una sonrisa amplia se dibuja en su rostro al recordarlo y camina a despertarlo.
El sol ahora se encuentra de un lado de la costa, maquillándola de plateado como si fuese la playa a una fiesta.
El fogón ya pario las arepas del día y olorositas acompañan a las camiguanas que recién estaban en el mar.
Norberto e Isaías se embarcan en el pequeño bote y salen como todos los días de sus vidas a conquistar aquel inmenso azul hasta que el sol decida irse a dormir.


Consuelo Laya.

Cerco

Desempleado, sin un centavo en el bolsillo,
sin combates, sin nada que hacer,
digo, no tengo acceso a la alegría,
no tengo derecho al más pequeño de los saludos
y menos aún al amor.
Sólo la blasfemia me es dada, sólo la blasfemia
y las hambres mas hondas me son dadas.
Pero sabedlo,
esto no va a durar toda la vida.
Vosotros devoradores de la canción,
que durante sombras seculares me habéis tenido
acorralado en este cerco de tristezas:
¡escuchadme bien!
es cierto que estoy hecho para grandes decepciones
y cierto también, preparado,
para inexorables alegrías que vendrán.

Tengo necesidad del mañana
no me juzguéis cruel por mis actos.

Victo Valera Mora.

Cronica

MUCHAS VECES he navegado en pequeños barcos de pesca al oeste de Cuba, en el Golfo de México. Cerca de las costas cubanas corre la poderosa Corriente del Golfo. Allí siempre hay pesca buena y abundante. Las aguas son profundas, de un azul oscuro y denso. Tranquilas por ¡as mañanas. Al mediodía habitualmente aparecen unas olas de dos a tres metros que se podrían interpretar como advertencia de lo imprevisible que es la zona. Casi en la superficie abundan las manchas de atunes, esos espléndidos peces plateados de carne blanca y sabrosa. Una mancha es como una manada: van todos bien apretados unos contra otros, cumpliendo sus milenarios ritos de nacimiento, alimentación, reproducción y muerte. Siempre aprisa. Ni ellos mismos saben por qué, pero jamás se detienen.

De algún modo, incomprensible aún para nosotros, repiten cada año las mismas rutas con exactitud perfecta. Cada mancha va acompañada siempre de tres o cuatro tiburones enormes. Unos escualos largos, negros, imponentes. Torpedos que se deslizan sin esfuerzo, escoltando a la turba. Elegantes y siniestros, no embisten a ¡a mancha. No crean el pánico porque eso equivale a dar un manotazo en medio de un plato de lentejas.

Lo inteligente es agarrar una cuchara y comer las lentejas poco a poco, tomando de los bordes. Así hacen ¡os escualos. Sólo se tragan limpia, hermosa, silenciosamente, a los que por unos segundos se entretienen y pierden el rumbo, o sufren de alguna enfermedad que los debilita, o simplemente, a los más torpes, que se descuidan. Si el atún se aleja un metro ya es suficiente. Se autocondena y se convierte en víctima.

Paga cara su temeridad o su estupidez. En fracciones de segundo el tiburón aparece y se traga al infeliz sin darle tiempo a rectificar. No hay perdón. A la primera va la vencida.    Es una ley dura, implacable, pero al mismo tiempo es una forma perfecta y gallarda de morir. El escualo cumple su tarea profiláctica de modo implacable. Sólo engulle a los que son un mal ejemplo: los más fuertes que intentan escaparse, y los más débiles y tontos que no pueden continuar.
Eso no se puede permitir. La ley de la manada es primitiva e inflexible: todos juntos, apretados, muy parecidos unos a otros, sanos y atléticos, para continuar esa sempiterna y vital -aunque monótona- tarea de ir y venir, reproducirse, alimentarse, etc.

Lo mejor de todo es lo que sucede un segundo después de cada merienda: el tiburón lo ha hecho limpiamente, en silencio, sin mover un músculo más allá de sus fauces de verdugo, con una elegancia adecuada para momento tan decisivo y trascendental. Ni un hilillo de sangre corre por su mandíbula. Nada lo delata. Por su parte, los compañeros del atún sacrificado hacen de la visal gorda. El tipo se arriesgó. Jugó a la ruleta rusa y perdió. Ni siquiera hay un adiós para él. Nada. No ha sucedido nada. Hay que seguir adelante. ¿Hacia dónde? Nadie sabe. A algún sitio, conducidos por el instinto. En las frías y oscuras aguas todo sigue como siempre. Atunes y tiburones con sus ritos de vida y muerte. Por encima de ellos, en la superficie, aparecen unos barcos pequeños y sólidos. Con un truco rústico hacen creer a ¡os atunes que pequeñas sardinas brincan juguetonas ante ellos Se les despierta el apetito y las ansias innatas de devorar al más pequeño. Intentan atrapar esos hilos de plata y muerden anzuelos. De golpe los atunes son izados uno a uno fuera del agua y mueren aleteando en la cubierta de los barcos, sin comprender qué ha sucedido.
Los hombres, astutos, atrapan así a los peces y respetan a los escualos verdugos, los capataces que logran mantener bien apretada la manada, lo cual conviene para capturarlos mejor.


Son los pescadores quienes realmente tienen en sus manos los hilos de la trama. A bordo de uno de los barcos sólo un hombre no pesca. Es un escriba, que observa, mira al horizonte, piensa, y toma apuntes sobre los ritos, los juegos y las leyes elegantes y crueles de hombres y animales.

Pedro Juan Gutiérrez.

Confieso que he Rumbeado

“Oye mi pana, ayúdame, esta vaina está muy pesada”. Esa exclamación acercan mis recuerdos de aquellos tiempos subiendo las escaleras del barrio o el superbloque en cualquier parte de la ciudad, por donde nos enfilábamos cargando una caja con cierta cantidad de LP (discos en acetato), para instalarnos en alguna fiesta a la que nos invitaran. Propatria, Lomas de Urdaneta, 23 de Enero, Lídice, La Pastora, por ejemplo; eran de esos sitios constituidos para la sana diversión. Y la rumba.
El entrompe era de una, y si no se llevaba pareja la charla era la propia carta a la hora del me gustas. Porque ser chamo, zanahoria y la solvencia que daba el estar trabajando, resolvían circunstancias acercadas a episodios idílicos como regularmente pasaba cuando íbamos de frente. Para eso nada mejor que una buena pinta.
 Todo galán que se respetara debía estar en onda, para lo cual podía darse una pasadita por las torres de El Silencio, donde El Moro, El Africano o Cervantes explayaban sus vidrieras a la espera de la compra de la ropa de moda. Complemento indispensable siempre debía ir en el bolsillo del saco o la chaqueta: el papel polvo, el pañuelo, la toallita refrescante con Vetiver o Lavanda, el peine de carey marca Chic. La cajita de chicle Adams era un pecado no cargarla.
 El calzado de cuero daba prestancia, sobre todo si era comprado en las zapaterías Miami o Veracruz, en la avenida Universidad; o La Francesita, por la esquina  de Piñango. El corte de pelo en la barbería El Arte Francés, por los lados de la plaza La Concordia, era impelable. Un Mulco datovisor, un Tisot militar o el económico Lancou Oris, no debía faltar en la muñeca.
 La bebida casi siempre era el anís Cartujo, tomado puro o aderezado con soda y limón según el gusto. La preferencia musical se la llevaban Ray Barreto, Tito Rodríguez, Sexteto Juventud, Federico y su Combo… en clara devoción con el programa del ya desaparecido Fidias Danilo Escalona, transmitido por Radio Difusora Venezuela; caribeña cadencia aún vigente. Igual el infaltable bolero invitando a ensamblar mejillas a la hora del levante. Sobre todo cuando desde el picó salían al ruedo las voces de Barbarito Diez, Leo Marini, La Lupe, Olga Chorens o la infaltable Orquesta Serenata Tropical.      

  Precisos los tiempos de ahora, con la miniatura de un pendrive poniendo a rumbear a medio mundo. Cosas de la modernidad ¿No?

Pedro Delgado.

San Casimiro

Si pudiera salir de la oscuridad
Porque la voz que anima
Y el salto lujurioso que ensancha mi pecho
No es normal
Si también pudiera salir del castigo
Estaría atenta al bien
Resbalaría como una merluza
Me hartaría
No sería de este mundo pequeño
Donde apenas encuentro desorden

Si escapara por el canto
Ya no sería este sapo lleno de baba
Mirando la certeza del azul
Si no chocara con mi ruido
Si perdiera la estridencia
Volaría
Qué amable sería para todo.

Cecilia Ortiz

P.M.

Pasas a mi lado y tu ropa
me roza provocativa y casual.
Me pregunto ¿quién eres extraña criatura?
no veo tus ojos,
ni el color de tus manos.
Llevas en la frente
el tatuaje de los avernos.
Te nombro
Mictecacihuatl,
Scatha 
        o Moira
Te conozco y te desconozco,
te deseo y me arrepiento.
Te nombro
Sejmet,
Ixtab
        o Yum Cimil
Te persigo por largos corredores
que oscurece la noche
Y no te das por enterada,   
tus sensuales caderas,        
tu estrecha cintura,
tu fragancia
a Margaritas y claveles.
Te nombro
Ishtar o Samovila
Te refugias en la penumbra,
huyendo de la luz.
Tu que me atraes y repeles,
alegras y angustias.
inspiras y seduces,
compeles y tientas.
En tus entrañas encierras
el secreto que el disfraz esconde,
en tu silencio la palabra
que indique tu verdadero nombre
diosa del infierno tan temido,
que indique tu verdadero nombre
diosa del infierno tan temido,
belleza que arde en la piel
y muere en la conciencia..  
Te amo sin conocerte
y sin saber si eres el ansiado final
cenizas u hoguera.
antifaz y carmín,
rosa y clavel...
circulas entre todos los hombres
con promiscua entrega 
Y yo, me quedo encendido
esperando tu sombra…

Puta muerte

Fernando Berroteran.

“Ca Foscari”

Te amo como mi semejante
mi igual mi parecida
de esclava a esclava
parejas en la subversión
al orden domesticado.
Te amo esta y otras noches
con las señas de identidad
cambiadas
como alegremente cambiamos nuestras ropas
y tu vestido es el mío
y mis sandalias son las tuyas
como mi seno
es tu seno
y tus antepasadas son las mías.
Hacemos el amor incestuosamente
escandalizando a los peces
y a los buenos ciudadanos de éste
y de todos los partidos.
A la mañana, en el desayuno,
cuando las cosas lentamente vayan despertando
llamaré por mi nombre
y tú contestarás
alegre,
mi igual, mi hermana, mi semejante.

Cristina Peri Rossi.

Arrebato seis piropos y un castigo

Déjame verte
Con éstos que no son mis ojos
Sino tu cuerpo repartiendo caderas
Con ésta que no es mi mirada
Sino esa especie de fragancia urbana

Vestida de fémina volcánica
Partes y repartes la estación del Metro
En mil y un soslayos hombrunos
Hambrientos de lo que tu boca susurra
Cuando la luna menstrual te florea los senos

Déjame verte
Con ésta ya no es mi pasión
Sino el toque sigiloso a la puerta más oscura
Con éste que ya no es mi anhelo
Sino el máximo universo pretendido en tu figura
En predilecta sábana esculpidos
Cuando la espuma se agota sobre la arena

Que te dibuje Luis Lusik
Con sus cinco guerreros de carbón
Que Aquiles Nazoa te haga verso
En algún soneto infernal
Que Cantinflas te baile en su escoba
En su sotana o en su traje de candidato a ser humano
Que un águila te vuele sobre Macuto
Y Armando Reverón te manche el pubis de azul
Que Martín Valiente            para salvarte de la revista "Hola"
Te ponga un par de morochos
Que Luis Buñuel             combatiente del pudor
Te desnude en el cine Principal

Y el peor de los castigos
Que pueda encontrarte en Sabas Nieves
En un domingo solitario

Para leerte este poema

Oscar Rodríguez Pérez

martes, 4 de abril de 2017

Caracas es Una Novia Loca

Caracas es una novia loca.
Te ama como nadie te ha amado.
Te besa, te lame, te abraza,
luego te jala los pelos,
te grita, te atropella
y llora.
Llora por sí misma
por sus errores,
por su abandono,
por los políticos que la han abusado,
que la han saqueado,
sin pudor ni vergüenza.
Caracas es criminal,
para lo bueno y lo malo.
La cota mil estira su cuerpo callejero
y te enamora,
te regala la montaña
¡y todo lo que quieras!
Cuando vas en moto- taxi
los arboles te soplan en la cara,
se rinden, se estrellan,
caen heridos de Caribe.
Los autobuses son altares,
de José Gregorio Hernández
y el Negro Primero.
Tu rezas para salir ileso
cuando el malandro solitario te roza,
se fija en ti.
Caracas es salsa brava.
La gente te saluda, te comenta,
te advierte
que todo sabe rico.
Queso telita.
Hallaca con casabe.
La merma.
Caracas es la merma.
Los charleros la aman
porque es fácil convencerla,
llevarla a la cama.
Caracas es inocente,
porque lo dice todo,
porque se le nota todo,
porque todo le atrae y todo lo desea,
porque se martiriza a sí misma,
con sus delitos,
que empiezan y terminan allí mismo.
Caracas prefiere ser acusada que acusar.
Caracas no es como otras ciudades,
que envían tropas al extranjero
a matar.
Caracas es una novia loca,
a veces quieres escapar
pero la necesitas
para que te de mil besitos,
y te cuente sus historias
de risa y llanto.
¿Y qué puedes hacer?
sí estas enamorado de Caracas:
te jodiste
con amor.
Caracas es una novia loca.
Te ama como nadie te ha amado.
Te besa, te lame, te abraza,
luego te jala los pelos,
te grita, te atropella
y llora.
Llora por sí misma
por sus errores,
por su abandono,
por los políticos que la han abusado,
que la han saqueado,
sin pudor ni vergüenza.
Caracas es criminal,
para lo bueno y lo malo.
La cota mil estira su cuerpo callejero
y te enamora,
te regala la montaña
¡y todo lo que quieras!
Cuando vas en moto- taxi
los arboles te soplan en la cara,
se rinden, se estrellan,
caen heridos de Caribe.
Los autobuses son altares,
de José Gregorio Hernández
y el Negro Primero.
Tu rezas para salir ileso
cuando el malandro solitario te roza,
se fija en ti.
Caracas es salsa brava.
La gente te saluda, te comenta,
te advierte
que todo sabe rico.
Queso telita.
Hallaca con casabe.
La merma.
Caracas es la merma.
Los charleros la aman
porque es fácil convencerla,
llevarla a la cama.
Caracas es inocente,
porque lo dice todo,
porque se le nota todo,
porque todo le atrae y todo lo desea,
porque se martiriza a sí misma,
con sus delitos,
que empiezan y terminan allí mismo.
Caracas prefiere ser acusada que acusar.
Caracas no es como otras ciudades,
que envían tropas al extranjero
a matar.
Caracas es una novia loca,
a veces quieres escapar
pero la necesitas
para que te de mil besitos,
y te cuente sus historias
de risa y llanto.
¿Y qué puedes hacer?
sí estas enamorado de Caracas:
te jodiste

con amor.

Blanca Haddad.

Sumergida

Bajo la sombra de los párpados
tantear la transparencia
la figura
la estela disipada enderezando
en el brocal del sueño
sus murallas de imágenes disueltas
Nebulosos escombros sujetados
al umbral del misterio aún palpable
residuos de memoria que endurecen
Asistir al aire, el sueño,
como un soporte arrugado que apresara
la tensa ondulación del silencio
agitando sus alas temblorosas
Lo incierto teje lentamente
su velo cubre todos los cuerpos
Aún naufraga el otro despertar
la inercia en la caída
siempre por acontecer
Cada latido va ahuecando mi hondura
oscila mi cuerpo
y su fantasma

discontinuo vacío
un sordo rumor haciendo eco
una espera
con los ojos vertidos en los oscuro
hacia adentro.

Valenthina Fuentes Meleán, del poemario “Sumergida 

Té de Manzanilla. (Al "Chino" Valera Mora)

Mi amigo,
el chino,
escribió una vez sobre cómo se sientan
y caminan
las mujeres después de hacer el amor.
No llegamos a discutir el punto
porque murió como un gafo,
víctima de un ataque cardíaco curado con té de manzanilla.
De haberlo hecho,
le habría dicho que lo único bueno de hacer el amor
son los hombres que eyaculan
sin rencores
sin temores.
Y que después de hacerlo,
nadie tiene ganas
de sentarse
o de caminar.
Le puse su nombre a una vieja palmera africana
sembrada junto a la piscina de mi apartamento.
Cada vez que me tomo un trago,
y lo saludo,
echa una terrible sacudida de hojas,
señal de que está enfurecido.
Me dijo una vez:
La vida de uno es una inmensa alegría
o una inmensa arrechera.
Soy fiel a los sueños de mi infancia.
Creo en lo que hago,
en lo que hacen mis amigos,
y en lo que hace toda la gente que se parece a uno.
A veces nos quedamos solos
hasta muy tarde,
hablando de los gusanos que lo acosan
y del terrible calor que le entra todos los días
en esa arena y resequedad.
No ha cambiado de parecer:
un hambriento,
un desposeído,
puede sentarse y hacer amistad con Mallarmé.
Lautréamont nos acompañó una noche
y le dio la razón al chino:
la poesía debe ser hecha por todos.
Y llegaron los otros:
Rubén Darío mandando en Nicaragua,
Omar Khayyam con sus festejos,
Paul Eluard uniendo parejas de amantes.
Entre todos,
sumergimos al chino en la piscina, bajo la luna llena,
y se puso contento
como cuando tenía un río,
unos pájaros,
un volantín.
Ahora está arrecho otra vez,
porque le llevan flores
mientras trata de espantar a las cucarachas.
Quería que lo enterraran en Helsinki,
bajo nieves eternas.
Le dio la vuelta al mundo,
pasando por Londres donde una mujer lo esperaba,
y a su regreso,
tomó un té de manzanilla.
Él,
que amaba tanto las sombras,
ya no pudo trasnocharse.
Lúcido y muy hipócrita,
tenía un miedo terrible a morirse en una cama.
Sé,
porque me lo escribió en un papelito,
que la frase que más le gustaba era de David Cooper:
la cama es el laboratorio del sueño y del amor.

Miyó Vestrini.

Mariposas

Cazando mariposas
me sorprendió la lluvia.
Y al besar el agua
con goloso deseo mis mejillas
soñé contigo en la quietud del huerto…
Un azahar florido
completó mi retozo
y penetró de símbolo
mi fiesta de muchacho.
Y del verde ramaje estremecido
cien gritos
de pétalos fragantes
cayeron en el hueco de mis manos…
Y al sentir el invierno
tan de cerca,
hermoso y dominante,
pensé que lo mismo pasaría
cuando tú me quisieras.

María Calcaño.

S/T

Mujer mis distancias no saben de ti
Nunca se atreverían a buscarte
Mis aguaceros surgen de tiempos
cuando nacieron las estrellas 
y los insectos de las horas
ellos jamás sabrán de ti
todo es formación antes del nacimiento
de un universo con la imagen de mi corazón
pero antes de eso
antes de que el tiempo pudiera
llamarse tiempo
antes de la luz
esa misma
que baña las flores de la vida
antes de que alguien se atreviera
a definir las cosas
con palabras
tu voz se paseaba jugando con pisadas de una luz
que me nombra
de un canto tuyo que celebra
de un paisaje dibujado con los perfiles de tu figura.

Josè Miguel Guevara.

Preguntas y Repuestas

El día que inscribieron a Teresa en el kinder, una maestra le hizo varias preguntas, mientras papá y mamá llenaban unas planillas.
 Como a la media hora, la maestra se acercó a ellos con una sonrisa que no le cabía en la cara y diciendo:
 - ¡Ningún niño antes que ella me había dado tantas respuestas tan bonitas!
 Y les mostró las preguntas que ella hizo y las respuestas que Teresa le dió:
 - ¿Qué es el Universo?
 - Una casa grande, llena de estrellas donde vive Dios... Y donde vivimos nosotros también.
 - ¿Quién hace radiante el día?
 - Las mariposas.
 - ¿Quién ilumina las noches?
 - Mamá.
 ¿En qué lugar del mundo vives?
 - En una casa con mucho amor.
 - ¿Qué es un río?
 - La carretera por donde pasan los peces y los barcos... y de vez en cuando los submarinos.
 - ¿Qué es una montaña?
 - Una piedra que creció porque quería llegar al cielo.
 - ¿Qué es un árbol?
 - Un edificio para las hormigas y los pájaros.
 - ¿Qué es la lluvia?
 - Las lagrimas con las que Dios limpia el mundo.
 - ¿Qué es un hombre?
 - Un niño, pero más grande.
 - ¿Y una mujer?
 - Como un hombre, pero más bonita ... Y con otras cosas.
 - ¿Qué es recordar?
 - Es pensar un mismo pensamiento dos veces.
 - ¿Qué es olvidar?
 - Dejar que las cosas se sequen.
 - ¿Qué es reír?
 - Es tener contenta la boca... Y el corazón.
 - ¿Qué te hace reír?
 - Las cosquillas.
 - ¿Sólo las cosquillas?
 - Sí... y los cuentos que me hacen cosquillas por dentro.
 - ¿Qué es llorar?
 -Es como llover, pero por los ojos.
 - ¿Qué te hace llorar?
 - La tristeza... Y a veces mi mamá y mi papá, cuando me porto mal.
 -¿Qué es el miedo?
 - Un frío en la barriga que me hace cerrar los ojos.
 - ¿Qué es la muerte?
 - Es dejar de verse.
 - ¿Tienes miedo de morirte?
 - Sí.
 - ¿Por qué?
 - Porque si me muero, me hago invisible y nadie me va a ver.
 - ¿Qué es para tí un cementerio?
 - Donde siembran a los muertos.
 - ¿Y una iglesia?
 - Un edificio con apartamentos donde viven los santos.
 - ¿Qué te gustaría ser?
 - Un pescado que no se deja pescar.
 - ¿Qué no te gustaría ser?
 - El suelo.
 - ¿Por qué?
 - Porque nadie lo mira.

Armando José Sequera.

El hombre de los Pies Perdidos

Un día un par de pies que habían perdido su dueño entraron a un bar a tomar cerveza.
—Disculpen— dijo el portero. Aquí no puede entrarse sin zapatos.
—Ah, es verdad— dijeron los pies, y se regresaron a una zapatería. Ahí fueron muy bien atendidos: encontraron a unos zapatos que les calzaron de maravilla. Entonces se dirigieron nuevamente al bar, y el portero se alegró mucho de que los pies estuviesen ahora protegidos y elegantes.
El hombre que había perdido sus pies estaba muy incómodo, pues los necesitaba para ir a tomar cerveza; era mediodía y hacía un calor terrible.
El hombre se las arregló para llegar hasta un taxi, y pedirle lo llevara hasta donde quería ir. Al llegar a la puerta del bar, el portero le dijo:
—Disculpe señor. No se puede entrar sin pies.
—No puede hacerme esto— dijo el hombre. Es muy difícil encontrar unos pies a esta hora.
—No lo es— respondió el empleado. —Hace poco entraron unos aquí.
—Entonces deben ser los míos. Solemos tomar cerveza a esta misma hora. Déjeme entrar.
—No puedo— replicó el portero. —Mejor se los llamo. Espere aquí.
El portero se alejó a buscarlos, y el hombre pensó que era una gran suerte haber coincidido en aquel bar. Cuando el portero y los pies regresaron, el hombre no pudo reconocerlos, pues traían puestos unos extraños zapatos.
—Qué desea?— preguntaron los zapatos.
—Quiero saber si esos son mis pies— respondió el hombre. Los necesito para entrar al bar.
Entonces los zapatos comenzaron a desamarrar sus trenzas.
Al instante, los pies estuvieron descubiertos, y con gran sorpresa el hombre vio que no eran los suyos. Los pies volvieron a calzar sus zapatos y, muy contentos de no pertenecer a nadie, regresaron al bar. 
El hombre aún no ha podido tomarse esa cerveza.

Antología de Microrrelatos:  Gabriel Jiménez Emán.

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