Nuestros Cuentos

sábado, 8 de agosto de 2015

Declaración Sumarial

Las Vendedoras del Cardon: William Senges
En los tiempos de mi niñez yo deletreaba flores; a los diez años  yo dominaba perfectamente el arte de ver a algunas gentes llorando en los jardines; yo conocía a esa edad palmo a palmo  los desolados territorios del crepúsculo, lo mismo que los dolorosos nombres de aquellas ciudades tan enormes y moribundas de balcones, o sea las ruinas de le última tarde. Yo era a los doce años como quien dice un técnico especialista en ponerse uno muy sentimental cuando ve un caballo. Solía en esa época sentarme a la orilla de un pozo que vivía en el corral de mi casa, allí mirando largamente el agua, sin moverme, veía poco a poco que mí no iba sino la imagen de un niño pensativo reflejada en el agua, y en esa situación llegaba por ahí algún caballo sediento y se bebía mi niñez con agua y todo. Lo demás de este cuento es un asunto archisabido. A los quince años fui un empleado de una  famosa tienda de modas, con regocijo de todas las muchachas enamoradas que constituían  la clientela. Yo las amaba, y a escondidas les vendí al fiado y baratísimo el arco-iris por metro motivo por el cual fui encarcelado por apropiación indebida; me condenaron pues a pagar en un plazo de mil años el bien ajeno de que dispuse, más las costas del Mar Mediterráneo. Del Libro Vida Privada de las Muñecas de Trapo: Aquiles Nazoa     

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