Nuestros Cuentos

miércoles, 19 de abril de 2017

El Paquetico



En Caracas pasa lo mejor de lo imposible. Casi nunca me cuesta caminar con mis pies hediondos a ciudad, huelen a deriva, huelen a humo, a curda, a lluvia, a amores líquidos. Pisan sin huella, volando sobre lo que es. 
Un intestino roto de las tuberías cincuentonas donde habito me mantienen sin agua desde hace días.
Son apenas las ocho y media de la mañana y mi frugal desayuno oloroso a patilla y piña se convierte en torrencial dolor que me pone a pujar .
Ya voy tarde a la matrix. Relaciones de poder, vigilar y castigar. Una gran garita levita en mi humanidad.
Camino. Me fumo un cigarro a ver si mi intestino toma la moto taxi que llame. Camino, doy vueltas como un perro cuando quiere cagar.
Me retraso.
Bajo los tres pisos.
Ella siente como si mil clavos romanos se clavaran en su ósculo oscuro.
Me devuelvo, tres pisos pa arriba. 
No encuentra las llaves.
Sudo frío, una vecina que fuma mariguana escucha noches de blanco saten, y yo me voy cagando.
¡Buenos días! me dicen los vecinos sin ni siquiera sospechar mi necesidad. 
Ellos también se dirigen a sus sitios de explotación por un pan y dos huevos que cada vez son más pequeños.
En este país hasta las gallinas tienen flojera u obstáculos para producir.
El sudor se me escurrió hasta las medias, mis zapatos están inundados de lágrimas y aspiraciones. 
Al fin encontré las llaves.
Corro, corro, recuerdo que no hay agua.
¡Coño vale que peo para cagar en caracas!.
Pongo un periódico en el piso, lo retiro. Está la cara del máximo, busco desesperada otra página.
¡Ah, esta sí!
Hay una noticia de venezolandia, esas que una no sabe si son verdad.
Que si esto, que si aquello. 
Venezolandia malvada para un lado, maravillosa pa el otro.
Pienso: 
El pueblo lo que quiere es juicio moral, nojada!!!
Al fin, una oleada de mariposas me dan un aleteo intestinal, me ayudan, pujo y pujo, luego de cinco días de harina, harina, harina no sale un pan.
Dice para sí misma:
Mendoza CDM!!! No muelas las mazorcas transgénicas de tu maíz piche. Quiero arepa coreana, del molino pa el budare.
Casi, que me lavo las manos, no hay agua.
Huele la punta de sus dedos y los felicita de tan educados que son.
Bajo de nuevo tres pisos.
Metí lo que era mío en un empaque vacío de harina pan.
Los vecinos ven a Flor como si fuera la amante de Mendoza:
Chismean:
¡Lleva harina pan!
La está sacando, no la necesita, seguro la va a bachaquear, blab,blab. ¡Blab!.
Bajo las escaleritas como el olor del café, escurrió, oculto ,imposible, huele.
Ya al fin alcancé la calle.
Nueve de la mañana, no pasa la camioneta para el centro.
La bolsa sigue ahí, en mi mano, acompañándome, buscando donde dejarla huérfana.
De repente: 
¡Zuas! un templón, casi me arrastra. 
Ojala la palpe para que la perciba calientica.
Me monto en el autobús que viene. 
Los pasajeros se la vacilaron toda, vieron cuando se llevaron el bojote.
Yo lo sé, era harina pan! Porque vi un pañuelito en la cabeza de la negra que está en el paquete, decía alguien.
Era harina pan, yo la vi. Decía desesperado un sin desayuno que venía en el autobús.
Ella se repetía a si misma: 
¡A mí que me importa esa mierda!
Pienso en ese motorizado cada día de mi vida, justo cuando abrió el paquetico.
Entonces, voy por lo que duela menos.
Así amor, es Caracas


Consuelo Laya.

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